Asociación logra repoblar de lapas los bosques del país
Si no corrieran tanto peligro, las lapas podrían llegar a vivir 90 años.*Tras 20 años de trabajo constante
*En Costa Rica sobreviven menos de un millar de lapas silvestres
*Grupo las cría en cautiverio y las libera en sitios donde se han extinguido
Camila Schumacher
cschumacher@nacion.com
La población de lapas es cada vez más escasa, el peligro que las acecha es inmenso y su extinción parece inminente; sin embargo, estas aves abundan en Río Segundo de Alajuela.
No es obra de la casualidad ni del misterio, sino del arduo trabajo de la Asociación de Amigos de las Aves, una organización sin fines de lucro dedicada a la conservación y protección de las dos especies de lapas propias de nuestro país: la lapa verde ( Ara ambigua ), que llega a medir 79 centímetros, y la lapa roja ( Ara macao ), la más grande y vistosa de la familia de las loras.
Las aves viven y se reproducen en cautiverio dentro de la finca Flor de Mayo, que perteneció al naturalista británico Charles Lankester y, desde hace 20 años, es propiedad de Richard y Margot Frisius.
En 10 manzanas, separadas por una calle municipal, coexisten el jardín diseñado por el botánico inglés, el centro de reproducción, refugio y enfermería de las aves, la casa de la pareja estadounidense, el albergue para los otros miembros de la asociación y una muy generosa huerta orgánica que se queda corta para alimentar a los 300 habitantes del lugar.
Aunque la alimentación les genere más de una dificultad, el espacio nunca será un problema: las lapas están ahí solo de paso.
“Nuestro sueño es reproducir estas especies en cautiverio para liberarlas, posteriormente, en los bosques de Costa Rica”, dice Margot Frisius, con la sonrisa plena que le dan sus más de 80 años y la satisfacción de haber alcanzado su meta: desde 1999, la Asociación ha liberado 64 parejas de lapas rojas.
Las verdes aún no son parte del programa de reinserción, ya que, una vez en libertad, corren mayor riesgo.
De hecho, según el último censo realizado por el Ministerio de Ambiente y Energía (Minae), mientras que en el Pacífico costarricense hay una población silvestre de 800 lapas rojas, de las verdes quedan poco más de 50.
“Las lapas verdes tienen un rango de vuelo más amplio y en el país su hábitat natural se ha reducido en un 95,7% desde 1985. Así que, si las soltamos sin que esa situación se revierta, la gente posea más información sobre estas aves o podamos darles más seguimiento, las perdemos”, explicó Silvia Coto, veterinaria de la Asociación.
Surcar los cielos. Para liberar a estas aves no basta con abrir las jaulas y dejarlas ir. Un equipo multidisciplinario de biólogos, veterinarios, guardaparques y hasta administradores deben velar por la supervivencia salvaje de estos pájaros nacidos en cautiverio .
Deben escoger una zona en la que las lapas se hayan extinguido, pero asegurarse que el motivo de la extinción (la deforestación, el crecimiento inmobiliario en zonas rurales y marítimas y, sobre todo, la caza) haya disminuido.
Luego, deben vigilar de cerca la adaptación de cada pareja pues, aunque las lapas son monógamas, el cambio de hábitat puede generarles problemas que les impidan reproducirse, cuidar de sus crías o, incluso, los obliguen a volver al refugio.
En este momento, han repoblado exitosamente el refugio de vida silvestre Curú, y el parque nacional Palo Verde, ambos en Nicoya, y un refugio privado.
“Nuestras lapas no solo han demostrado no estar domesticadas, a pesar de haber vivido con nosotros varios años, sino que también han hecho crecer la manada con individuos que nacieron y son libres, ojalá para siempre”, dijo Chris Castles, un guardaparque neozelandés que se ha sumado al grupo de voluntarios que sostiene el proyecto.
En cautiverio
Bien alimentadas. Las lapas realizan tres tiempos de comida. Desayunan carbohidratos, almuerzan frutas y verduras, y cenan semillas.
De lujo. Las jaulas miden no menos de 60 metros cuadrados, y tienen incubadoras y nidos especiales. En comida y medicinas, la Asociación invierte anualmente unos $95.000.
Refugiadas. Además de lapas, los Frisius han adoptado decenas de aves confiscadas por el Minae.

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